Amartya Sen asegura que una sociedad justa es aquella que no sólo trabaja para conseguir su bienestar, sino aquella que también lo hace éticamente. El lúcido economista bengalí, que fue premiado con el Nobel en 1998, publicó recientemente el libro "La idea de la justicia", en la que lleva esa postura al extremo, al sostener que para erradicar las desigualdades los gobiernos no sólo tienen que prometer menos y hacer más, sino que deben comprometerse ética y moralmente con los ciudadanos. Entregar planes sociales indiscriminadamente sin pedir una contraprestación adecuada, anunciar promociones para acceder a costosos LCD en vez de apuntalar la educación básica, suplantar la noción del trabajo digno por la idea del menor esfuerzo y fomentar el consumo desmedido con el sólo objetivo de dinamizar la economía, no parecen ser las estrategias más adecuadas para convertir a la Argentina en un país "justo". Más bien se trata de una falsa justicia social que está profundizando aún más las desigualdades argentinas. De hecho, en las calles tucumanas se ven cada vez más chicos que piden limosna o limpian los parabrisas de los autos, muchos de ellos hijos de personas que cobran la tan promocionada asignación universal.

Que quede claro: no se trata de demonizar este sistema de ayuda social indispensable que, bien aplicado, puede traer múltiples beneficios a nuestra sociedad. Lo que resulta incomprensible es que no se controle efectivamente lo que hacen esos padres con el dinero que cobran por cada niño. Dinero que, por cierto, sale del bolsillo de aquel trabajador que decide cumplir con su deber de ciudadano pagando los impuestos como Dios manda. Se supone que esa ayuda -que es realmente escasa y se diluye por la inflación- debe ser usada en pro del bienestar del niño; para asegurarle salud, educación y una existencia lo más digna posible. Pero eso, evidentemente no sucede. O al menos no sucede en una gran parte de los casos. Muy por el contrario. En Tucumán, cada vez más niños deambulan por la ciudad como tristes fantasmas, mientras una sociedad indolente los mira sin comprometerse demasiado en el asunto. Eso sucede, por ejemplo, con los hermanitos que hasta no hace mucho dormían en la vereda de la calle Maipú al 300, acompañados por varios patitos tan temblorosos como ellos. Una dolorosa postal que revela la incompleta acción de un Estado más concentrado en ganar votos para las próximas elecciones que en resolver los problemas genuinos de la gente. De hecho, en el colmo de la incoherencia, el gobierno ha decidido fomentar el consumo de esas mismas familias en crisis con insólitos programas de promoción para la compra de LCD, a los que, por supuesto sólo pueden acceder los que cobran algún plan social. Y, al mismo tiempo, alienta la pasividad a través de la dádiva en vez de implementar planes de capacitación que en el futuro le permitan a los que cobran algún plan social trabajar para poder ganar su propio sustento y educar a sus hijos adecuadamente.

Así las cosas, el futuro de nuestra sociedad se vislumbra sumergido en una densa niebla. Por un lado hay una férrea voluntad de ayudar a los que menos tienen, pero el sistema utilizado conspira con ese mismo objetivo. ¿No sería mejor apostar por la educación en lugar de la dádiva y el populismo mal entendido? ¿No sería más efectivo reinstaurar en la sociedad y, sobre todo, en el seno de esas familias críticas, aquellos valores morales que hicieron grande a nuestra patria? Porque, a decir de Amartya Sen, trabajo, educación, ahorro y solidaridad son los caminos para una sociedad más justa. Sin valores no hay libertad posible. Y una sociedad sin libertad pierde su esencia.